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Fundación Apapacho

Esta versión: Marzo 20, 2026

Niñez | Violencia | Crianza | Colombia

Apapacho es un programa de crianza desarrollado para prevenir la violencia contra niños y niñas (VCN) menores de cinco años en Colombia. Diseñado en alianza entre académicos especialistas en infancia y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), el programa fortalece las capacidades parentales y la crianza positiva a través de 11 sesiones grupales semanales integradas en los servicios existentes del Estado.

El programa fue concebido en 2022 y se conceptualiza a partir de la evidencia sobre i) los componentes clave de programas exitosos de crianza positiva y reducción de VCN, ii) los determinantes de la violencia contra la niñez en Colombia y iii) la infraestructura institucional del ICBF. Su piloto, implementado en Bogotá y Soacha en 2024, mostró resultados positivos en estimulación infantil, creencias sobre crianza afectuosa y uso de disciplina no violenta. 

La trayectoria de Apapacho es un ejemplo de como deberían nacer y escalar los programas sociales en América Latina. El diseño del programa nace de una agenda de investigación bien desarrollada que se interesa por:

  1. La adaptabilidad de modelos exitosos a contextos de ingresos medios/bajos (p.ej. ¿es válido para Colombia el modelo: conocimiento → estimulación → desarrollo infantil?);

  2. los factores contextuales y las características especificas de la VCN en Colombia;

  3. y las capacidades institucionales que favorecen la sostenibilidad y escalabilidad de una intervención. 

Apapacho se despliega gracias a la capacidad institucional de Estado, lo que de inmediato implica que hay una pretensión de maximizar alcance y eficiencia. ​Esto probablemente implicó un enorme proceso de construcción de confianza con el Estado, así como la presencia afortunada de una burocracia bien entrenada y consciente de la importancia de apalancarse en evidencia a través de alianzas co la academia. Nos queda pendiente entender cómo se configuró esta alianza virtuosa entre academia y Estado. 

 

La documentación consultada no hace referencia a la carga de la enfermedad que representa la violencia contra niños y niñas.  Esto hace difícil poner el problema en perspectiva de salud pública. Estimamos que pensar el problema en esos términos pondría al problema entre las prioridades sociales del Estado y la filantropía colombiana. 

En el mismo sentido, no hay referencia a la costo-efectividad de la solución: no podemos saber cuanta solución compramos por dólar invertido, y esto es clave para poder entender qué tan eficiente es la solución en términos comparados. ¿Nos contentamos con esta solución o podemos encontrar mejores opciones en el mercado global de la filantropía? 

El programa  contiene varios de los componentes clave para pivotear hacia programas universales de crianza positiva, lo que creemos que es una de las intervenciones con mayor potencial de impactar de manera sistémica a la sociedad colombiana y latinoamericana.  

El problema

Multidimensionalidad

La VCN es un problema multidimensional. Solucionarlo implica entender como se manifiesta el problema en cada nivel. A nivel individual, los niños de 2 a 5 años tienen mayor probabilidad de ser castigados que los más pequeños, y al menos el 10% de los niños fue castigado antes del primer año de vida. A nivel familiar, el castigo es más frecuente cuando el cuidador es de mayor edad, cuando el padre vivía en el hogar, cuando la madre era adolescente, cuando el cuidador había sido expuesto al castigo físico en su propia infancia, cuando hay pobreza y varios hijos por familia. En el contexto comunitario y social, el castigo físico fue más prevalente en vecindarios con altas tasas de crimen violento, en regiones más pobres y expuestas al conflicto armado, y en áreas rurales. Además, se identificó variabilidad regional significativa y diferencias según etnia, lo que sugiere que las diferencias culturales y las normas sociales importan. 

Faltan datos confiables para comparar

Colombia no cuenta con un dato nacional representativo sobre disciplina violenta bajo la metodología estándar de UNICEF, que mide el porcentaje de niños y niñas entre 1 y 14 años que experimentaron agresión psicológica y/o castigo físico en el último mes (ver Violent discipline, Unicef). En América Latina y el Caribe, el promedio de disciplina violenta en los países con datos disponibles es de 62,6%, con casos extremos como Surinam (87,3%), Haití (83,2%) y Jamaica (76,0%), mientras que el promedio global entre los 102 países con información comparable asciende a 72,3%. Estos son los porcentajes de niños y niñas de 2 a 14 años que experimentaron alguna forma de disciplina violenta.

La única aproximación nacional disponible es la Encuesta de Violencia contra Niños, Niñas y Adolescentes de 2018, que bajo una metodología retrospectiva distinta (preguntando a jóvenes de 18 a 24 años sobre violencia sufrida en la infancia) encontró que alrededor del 41% de las mujeres y el 42% de los hombres habían experimentado algún tipo de violencia antes de los 18 años. Aunque este dato no es directamente comparable con el indicador de UNICEF, da cuenta de una prevalencia considerable. Por orto lado, un estudio de 2020 estimo en 77% la prevalencia en 4 ciudades capitales, aunque aclarando que seria violencia de baja intensidad (Trujillo et al., 2020). Esta variación tan grande en las estimaciones (todas antes de que la prohibición formal (Ley 2089 de 2021)  de la violencia contra niños y niñas se aprobara), sugiere que hay un desconocimiento importante de la magnitud y distribución del problema. 

Efectos de largo plazo

Si bien los estudios de la carga de la enfermedad no se refieren directamente a la VCN sino a la violencia sexual contra la niñez (Livingston et al., 2024), encontramos un estudio que intenta estimar los efectos de la VCN en el largo plazo (Flor et al., 2025). Aunque es un meta-análisis de estudios en contexto de ingresos altos, las conclusiones son sugerentes:

  • la violencia física se asoció con mayor riesgo de depresión mayor, enfermedad isquémica del corazón, trastorno por uso de alcohol, trastornos alimentarios y trastorno por uso de drogas;

  • la violencia psicológica mostró asociaciones con trastorno por uso de drogas, migraña y enfermedades ginecológicas; y

  • la negligencia se asoció con un riesgo mínimo aumentado del 15% para trastornos de ansiedad.

Teoría del cambio

La hipótesis de Apapacho es que la violencia contra la niñez es el resultado de tres factores modificables: lo que los cuidadores saben sobre el desarrollo infantil, lo que creen que es normal o justificado como disciplina, y su capacidad para regular sus propias emociones. Si se interviene sobre esos factores de manera participativa y culturalmente pertinente, es posible interrumpir los ciclos intergeneracionales de violencia desde los primeros años de vida.​

 

¿Cómo?

El programa implementa un modelo que va de lo cognitivo y emocional a lo conductual, y de los cuidadores a los niños. Se entrega a través de la estrategia de Modalidad Familiar del ICBF, en 11 sesiones presenciales de dos horas y en grupos de aproximadamente 17 familias. La intervención se refuerza  con mensajes por WhatsApp tres veces por semana y un diario familiar con actividades para practicar en casa (Bitácora Apapacho). El currículo que se imparte a lo largo de las 11 sesiones tiene tres bloques. 

Bloque 1: Fortalecer la relación con niñas y niños 

Las primeras cinco sesiones construyen los cimientos afectivos del programa. Se establece el Tiempo Apapacho como práctica cotidiana de conexión con el niño. La hipótesis de este bloque es que un cuidador que se conoce mejor a sí mismo y entiende a su hijo está en mejores condiciones de responder con calidez en lugar de reaccionar con violencia. El bloque trabaja en tres direcciones:

  1. hacia adentro del cuidador: para que este reconozca y gestione sus propias emociones  

  2. hacia el niño: comprendiendo cómo piensa, siente y se desarrolla en cada etapa; y

  3. hacia la relación entre ambos: fortaleciendo el vínculo a través de la celebración, el juego, la comunicación y las actividades compartidas.

Bloque 2: La importancia de la estructura en la crianza 

Las sesiones 6 y 7 introducen la idea de que el orden y la previsibilidad son formas de cuidado. Un entorno con rutinas claras, normas apropiadas para la edad e instrucciones afirmativas y consistentes reduce la frustración tanto del niño como del cuidador, y por esa vía disminuye uno de los principales detonantes de la violencia: la sensación de pérdida de control.

Este bloque enseña que las normas no son castigo sino estructura que da seguridad, que la comunicación asertiva es más efectiva que las órdenes vagas o reactivas, y que el propio comportamiento del cuidador es el modelo más poderoso de aprendizaje para el niño.​

Bloque 3: Estrategias para manejar situaciones retadoras 

Las tres últimas sesiones de aprendizaje abordan directamente los momentos en que la violencia tiene mayor probabilidad de ocurrir: cuando el niño presenta comportamientos difíciles. Se trabajan tres estrategias progresivas y complementarias: redireccionar, aplicar consecuencias y acompañar emociones. Se busca que el cuidador entienda la causa del comportamiento del niño y responda de forma apropiada al desarrollo, reemplazando la reacción impulsiva por una respuesta informada.

El programa diseño la mayoría de indicadores para medir cambios en las dimensiones de interés:

  • crianza sensible (nurturing and responsive parenting)*

  • actitudes hacia el castigo físico*

  • participación en actividades de estimulación*

  • estrategias de disciplina*

  • salud mental del cuidador

Para el caso de las variables marcadas con un asterisco, no encontramos referencia a indicadores estandarizados, entendidos como métricas que se usan comúnmente en la literatura para medir el mismo constructo. En estos casos los investigadores diseñaron unas preguntas tipo Likert, que resultaron tener buenos niveles de consistencia interna. Para el caso de salud mental, se usaron dos métricas estandarizadas. 

No se llega a medir el impacto de largo plazo sobre niños y niñas, que es, según la teoría del cambio, mejoras en comportamientos y habilidades. 

Evidencia de impacto

El piloto de Apapacho fue evaluado en Bogotá y Soacha entre agosto y noviembre de 2024 con un diseño de métodos mixtos: diferencias-en-diferencias para los datos cuantitativos (N=267 cuidadores) y análisis temático de grupos focales y entrevistas individuales (N=22 cuidadores). Los datos cuantitativos se recolectaron un mes después de finalizado el programa. (ver Cuartas et al., 2026).

 

Como ocurre con Semillas de Apego, la evaluación está hecha por los mismos académicos involucrados en el diseño del programa. Sin embargo, en ningún caso existen razones para pensar que hubo un sesgo sistemático a favor de los buenos resultados de cada programa. 

​De los 134 cuidadores del grupo Apapacho con datos de seguimiento, la asistencia promedio fue de 6.1 sesiones de 11 (DE = 3.3), equivalente a una tasa de asistencia del 55.4%. El 9% no asistió a ninguna sesión y el 70.9% asistió a cinco o más. Los autores señalan que esta tasa es inferior a la reportada en programas similares en Jamaica (69%) y Sudáfrica (75%), y atribuyen el ausentismo a barreras logísticas como distancias largas, costos de transporte, compromisos laborales, enfermedad de los hijos y eventos imprevistos como paros de transporte y lluvias intensas.

 

Cuidado cariñoso y sensible (nurturing care) 

La participación en Apapacho se asoció con un incremento de 0.17 desviaciones estándar (DE) en las creencias sobre crianza sensible (SE = 0.02; p = .03) y de 0.19 DE en el involucramiento en actividades de estimulación con los hijos (SE = 0.03; p = .03). Ambos resultados son estadísticamente significativos y, aunque modestos en magnitud absoluta, los autores sugieren que son consistentes con los tamaños de efecto reportados en intervenciones de crianza similares en contextos de bajos ingresos, como el programa Irie Homes Toolbox en Jamaica (ES = 0.30; IC 95%: 0.03–0.57) aplicado en ocho sesiones de 90 minutos. 

Cuatro temas emergieron de los grupos focales y entrevistas. Primero, los cuidadores reportaron entender mejor el desarrollo de sus hijos y sus experiencias emocionales. Segundo, adoptaron comportamientos más cálidos y afectuosos, y ofrecieron más oportunidades para que los niños exploraran sus intereses. Tercero, dedicaron más tiempo de calidad individual a sus hijos, en actividades concretas como jugar sin el celular o acompañar al niño en lo que él quiera hacer. Cuarto, varios cuidadores percibieron que su relación con sus hijos mejoró significativamente tras el programa.

Salud mental y bienestar

No se encontraron asociaciones estadísticamente significativas entre la participación en el programa y la salud mental de los cuidadores ni su nivel de estrés parental. Ambos indicadores estuvieron lejos de la significancia estadística. A pesar de los resultados cuantitativos nulos, tres temas emergieron de los datos cualitativos.

Primero, los cuidadores reportaron mayor conciencia y capacidad para reconocer y manejar sus propias emociones. Segundo, varios expresaron que aprendieron a valorarse y celebrarse a sí mismos como padres y madres, no solo a sus hijos. Tercero, el programa fortaleció sus redes de apoyo social, tanto por los nuevos vínculos formados dentro del grupo como por el refuerzo de lazos existentes con familia y amigos, lo que contribuyó positivamente a su bienestar general.​​​

Disciplina infantil y rutinas

La participación se asoció con una reducción estadísticamente significativa en las actitudes favorables hacia la violencia como método de corrección (-0,12 desviaciones estándar) y con un aumento igualmente significativo en el uso reportado de estrategias de disciplina no violenta (+0,12 desviaciones estándar). Sin embargo, las reducciones en el castigo físico y en la agresión psicológica, aunque en la dirección esperada, no alcanzaron significancia estadística, posiblemente porque los cuidadores son reacios a reportar estos comportamientos ante autoridades del Estado por temor a consecuencias legales. Cinco temas ilustraron el cambio hacia prácticas no violentas. Primero, los cuidadores comenzaron a reconocer y elogiar más frecuentemente los comportamientos que quieren reforzar en sus hijos. Segundo, aprendieron a explicar con palabras por qué ciertos comportamientos son incorrectos, en lugar de recurrir al castigo físico. Tercero, hicieron mayores esfuerzos por co-regular las emociones junto a sus hijos, practicando técnicas como la respiración y evitando reacciones impulsivas, y también enseñaron a los niños herramientas para regular sus propias emociones. Cuarto, pusieron más énfasis en establecer rutinas del hogar como estrategia preventiva. Quinto, comenzaron a redirigir la atención del niño hacia otra actividad como alternativa al castigo cuando había un comportamiento no deseado.

Limites de la evaluación

La primera es el sesgo de deseabilidad social. El castigo físico y la agresión psicológica no solo son temas culturalmente sensibles, sino que desde 2021 constituyen conductas legalmente prohibidas en Colombia. Esto crea un incentivo adicional para que los cuidadores presenten sus prácticas de manera socialmente aceptable, especialmente ante un equipo vinculado a una entidad del Estado. Ello explicaría, al menos en parte, la divergencia entre los resultados cualitativos, que muestran transformaciones sustantivas en el discurso sobre disciplina, y los cuantitativos, donde las reducciones en castigo físico y agresión psicológica no alcanzaron significancia estadística. 

La segunda es el sesgo de selección en la muestra cualitativa. Los 22 cuidadores entrevistados no fueron seleccionados aleatoriamente, sino entre quienes estaban disponibles y dispuestos a participar, lo que probablemente sobrerepresenta a las personas más comprometidas con el programa y más satisfechas con su experiencia.

 

Los resultados cualitativos deben leerse como ilustrativos de los mecanismos de cambio que el programa puede generar en condiciones favorables, más que como evidencia de transformaciones generalizadas entre el conjunto de participantes.

Discusión

Comparaciones históricas

Los documentos consultados sobre Apapacho y la investigación que respalda su diseño hacen referencia a programas comparables en otros países (específicamente en Jamaica y Sudáfrica), pero estas comparaciones se limitan al tamaño del cambio  y la tasa de asistencia. Lo que no logramos encontrar es un referente de éxito sistémico: un caso que nos permita visualizar cómo se ve, a escala nacional y en el largo plazo, la reducción radical de la violencia contra niñas y niños como fenómeno cultural. Por eso no logramos entender si las reformas institucionales descritas, o la disposición del ICBF para co-diseñar el programa, son buenos, malos o incipientes síntomas de avance. 

 

Para escribir este informe usamos IA para indagar por modelos de ese tipo, lo que arrojó una referencia principal: el modelo sueco, que combina prohibición legal con cambio cultural sostenido y servicios de apoyo familiar, y que tardó décadas en producir reducciones sustantivas. Aparentemente es un caso bien documentado y útil para calibrar las expectativas de tiempo que exige este tipo de transformaciones. La identificación de un modelo verificado de éxito sistémico, más allá del caso sueco, permite identificar metas de impacto realistas en el largo plazo, pero sobre todo, continuar con la práctica de replicar los componentes clave de programas que han funcionado en otros contextos.  

Resultados de corto plazo

No sabemos cuál es el impacto de Apapacho en el mediano ni en el largo plazo. El piloto evaluado ocurrió entre agosto y octubre de 2024, con línea de base recolectada en julio y seguimiento cuantitativo en noviembre, apenas un mes después de finalizada. Los propios autores reconocen esta limitación y señalan que una sola medición de salida tan cercana al cierre del programa ofrece una ventana muy corta para observar cómo madura la intervención.

Esta restricción es especialmente relevante porque algunos de los efectos esperados son acumulativos por naturaleza. El caso más claro es la salud mental de las cuidadoras: el piloto no encontró mejoras estadísticamente significativas en este indicador al mes de seguimiento, pero es plausible que los cambios se consoliden con el tiempo, a medida que las cuidadoras integran las herramientas del programa en su vida cotidiana. Lo mismo podría ocurrir con la reducción del castigo físico, cuyos efectos pueden tardar más en reflejarse en comportamientos que en actitudes. Por el contrario, otros resultados positivos podrían disiparse si no hay refuerzo. El involucramiento en actividades diarias de estimulación puede decaer una vez que cesa el acompañamiento semanal del facilitador y los mensajes de WhatsApp. 

 

Mediciones pendientes

Para una valoración más completa del programa, se requiere: (i) una evaluación de mediano y largo plazo; (ii) un análisis de costo-beneficio que permita comparar Apapacho con otras intervenciones; (iii) análisis de efectos heterogéneos por región y nivel de vulnerabilidad; y (iv) una evaluación de los efectos sobre los niños, que la teoría de cambio predice pero el piloto aún no mide directamente.​ Los autores de la evaluación reconocen casi todas estas limitaciones. 

De los padres 

Semillas de Apego y Apapacho tienen en común que su principal unidad de tratamiento son las madres, a pesar de ser programas que por diseño no cohiben la participación de los padres. Incluso el modelo 360 de la Fundación Juanfe, que promueve ciertas actividades con los padres, no menciona el rol de los padres en ninguna de sus evaluaciones, simplemente porque es casi inexistente. Esto es evidencia sugerente de que hay un problema subyacente relacionado con la participación de los hombres en la crianza. Parece una obviedad, pero la respuesta no es obvia, y seguimos sin encontrar programas basados en evidencia que eleven las capacidades, corrijan las creencias erróneas y mejoren la salud mental de los padres en América Latina. 

Referencias

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Los datos y análisis presentados se basan en informes y publicaciones referidos abajo.  

  • Cuartas, J., Baker-Henningham, H., Cepeda, A., Rey-Guerra, C., & ICBF Early Childhood Team. (2022). The Apapacho Violence Prevention Parenting Program: Conceptual Foundations and Pathways to Scale. International Journal of Environmental Research and Public Health, 19(14), 8582.

 

  • Cuartas, J., Beccassino, L., Baker-Henningham, H., et al. (2024). Prevention of Violence Against Children: A Qualitative Exploration. Child: Care, Health and Development, 50(5), e13325.

  • Cuartas, J., Gershoff, E. T., Bailey, D. H., et al. (2025). Physical punishment and lifelong outcomes in low- and middle-income countries: a systematic review and multilevel meta-analysis. Nature Human Behaviour.

  • Cuartas, J., Borbon, J., Beccassino, L., et al. (2026). The Apapacho early childhood violence prevention parenting program: A mixed methods pilot evaluation. Child Abuse & Neglect, 174, 107951.

 

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